Desperté en mi lecho, donde todo seguía tal y como yo lo había dejado la noche anterior, la ropa desparramada encima de la silla de mi escritorio, los CD’s desperdigados por encima de la mesa grande y lustrosa que estaba alado de mi armario, abierto y desordenado, como siempre lo había estado. Puse la mano en mi frente tapándome de los luminosos rayos de sol que entraban por mi ventana impidiendo que siguiera observando el resto de mi habitación. Dí un gran suspiro al comprender que antes de la hora de comer tendría que dejar todo esto impecablemente limpio, dejé caer mi cabeza sobre la almohada de nuevo y volví a cerrar los ojos, pero mi tranquilidad no duró mas de un minuto ya que enseguida sonó mi despertador indicándome que eran las ocho de la mañana de otro aburrido y triste lunes. Puse las manos a cada lado de mi pequeña cama para sentarme sobre ella, luego las apoyé en mi frente cubriéndola por completo e intentado que se despegara el cansancio que me nublaba la vista. Después de estar un largo rato así sonreí levemente, me había acordado de que hoy era el último día con una correa atada a la puerta de el instituto, hoy era mi libertad hacia el grandioso verano que me esperaba lleno de sol y felicidad. Me levanté de un sato de la cama, encendí mi minicadena y subí el volumen todo lo permitido para que mis grandiosos vecinos pudieran escuchar la grandiosa canción de los Jonas Brothers, Year 3000. Corrí cual gacela hacia el armario y abrí deprisa las puertas. Antes de escoger la ropa que me pondría ese día heché un vistazo a la ventana, el sol salía resplandeciente por detrás de las nubes y eso quería decir que haría calor. Cogí un vestido sencillo de color azul cielo y unas saldalias romanas marrones para después dirgirme hacia mi perchero donde colgaba uno de mis preciosos bolsos. Lo cogí y metí todo lo necesario, el móvil, algo de dinero y el spray de pimienta que siempre me daba mi padre por si algún chico se me acercaba. Me reí para mis adentros pensando en esa expresión tan graciosa que ponía mi padre al hablar sobre esos temas e inmediatamente bajé corriendo las escaleras para sentarme en una de esas sillas antiguas de la mesa de la cocina que tanto odiaba, hacían un crugido horripilante cada vez que las movías. Me senté cuidadosamente para que mis oídos no se ensordecieran y me serví un vaso de leche.
-Iria -.[i] dijo mi madre apareciendo a mis espaldas[/i]- tómater rápido eso, no quiero que llegues tarde tu último día-.[i]me sonrió amable[/i].-
- Tranquila mamá! Llegaré a tiempo, no te preocupes-.[i] le devolví la sonrisa y le di el último sorbo a mi vaso, me acerqué a mi madre y besé su mejilla[/i].- Adiós mamá!
-Adiós hija!.-[i] me abrazó fuertemente[/i]-. Todo saldrá bien
-tranquila, no me voy a la guerra.-[i]me reí mientras miraba su asustado rostro[/i].- en cuanto recoja las notas estaré aquí. Te quiero.
- y yo-.[i]me saludó con la mano hasta que salí fuera de el alcanze de sus ojos[/i].-